Mientras en Venezuela el valor de las tierras se deprecia por efecto de la inseguridad jurídica, el terror agrario, el desestímulo de los controles de precio y cambiario, y las importaciones subsidiadas y en exceso, en los países exportadores de alimentos la tierra se revalora y encarece. Así por ejemplo en Argentina, en los últimos 12 meses la tierra se ha revalorado hasta 37,2% como en su zona Maicera donde los precios de la tierra pasaron de 10.200 a 14.000 US$/ha (noviembre 2009 a noviembre 2010). Las cifras son de la Compañía Argentina de Tierras, y están reportadas en el boletín Año VI #72 noviembre 2010 Indicadores de Coyuntura Económica que publica la Bolsa de Cereales. También en la zona Triguera los precios de tierras pasaron de 4.500 a 5.800 US$/TM (+28,9%) y en la zona de Invernada desde 5.500 a 7.500 US$/TM (+36,4%). Ciertamente en cualquier parte del mundo, cuando la tierra agrícola se revaloriza y encarece, presiona los costos fijos de producción forzando la eficiencia y productividad de los agricultores, ya que los precios agrícolas internos como los de exportación deben mantenerse competitivos en un mercado global de gran dinamismo. Por el contrario cuando la tierra se deprecia, desvaloriza y abarata como en Venezuela actualmente, la pérdida neta de capital deja a los agricultores sin garantía hipotecaria suficiente para acceder al necesario crédito. Sin flujo de caja, gastos fijos y pasivos a corto, mediano y largo plazo que cubrir, los productores solo quedan con la opción de vender sus predios a precio de gallina flaca si es que consiguen un comprador antes que el ogro agrario del Estado lo deje invadir o despoje a punta de fusil. Y es que las fincas, con menos inversión, uso agrícola y mantenimiento, rápidamente se deprecian, requiriéndose para su rescate y reutilización productiva de más recursos, lo que solo pueden asumir nuevos propietarios dispuestos a invertir. Por todo esto, en Venezuela debe cesar pronto y en forma permanente el acoso al productor del campo y antes que su capital fundiario que incluye las tierras cultivadas y cultivables, desaparezca. Siendo entonces gigantesco el esfuerzo y costo de la recuperación agrícola de Venezuela, debemos emprenderla apenas se restablezca la seguridad jurídica y el respeto a la propiedad privada en el campo y con ella entonces fluyan de nuevo al país los capitales privados de inversión nacional y foránea.

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