martes, 30 de marzo de 2010

La doma

"Empuñó el peón las riendas con la diestra y el látigo con la siniestra, y así que afirmó bien el dedo grande en cada estribo, se inclinó hacia adelante y corriendole la mano por sobre las orejas, le subió el tapaojos. El potro se estremeció de asombro, miró por todos lados, se encunó; una extraña emoción experimentó por aquel peso y aquellas ataduras, que jamás había sentido sobre su cuerpo. Los talones del llanero le golpearon bruscamente los ijares; dio un salto terrible hacia adelante, y arrancó en desaforados corcovos, avanzando, avanzando, a estampidos, a saltos bruscos; tan pronto arremetía disparado, como se detenía en un sitio lanzando coces, bufando, rugiendo. El llanero, jinete en aquella fiera, desapareció en la lejanía de la sabana como un punto negro, se perdió en la línea azul del horizonte. Más a poco volvió a aparecer; regresaba, acercándose, acercándose; al cabo se le distinguió perfectamente; ya el potro no lanzaba corcovos; venía marchando agitadamente, todo trémulo, bañado en sudor, barreteado por el costado y las poderosas ancas por la huellas del látigo, infladas las narices, llenos de espuma los arneses. Era un vencido; el peón pampero le había impuesto su arrogancia. Coraje sobre coraje; soberbia sobre soberbia. El peón le rodó de nuevo el tapaojos, echó pie a tierra, atólo a las bardas del corral y le volvió a subir el tapaojos. Luego, junto con el otro peón, púsose a abrir la puerta. Espantaron el hatajo para que saliese y aquél tomó la llanura en resonante trotar."

Ref. Daniel Mendoza. El llanero. 1846
(Dibujo por El Palacios 1912)

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